Sitiando a la soledad con robots - Primera parte

Sitiando a la soledad con robots sex doll 1

Por Miguel Angel Flores Manzo
rockerdoom9@gmail.com

Sitiando a la soledad con robots: Era un día tormentoso, muy frío, atestado de nubes amenazantes en Osaka. 

Fujita cumplió con sus trabajos on-line y cerró su notebook. Observó los relámpagos cruzando el cielo como venas henchidas de un gigante apocalíptico dominándolo todo.

Bebía su té igual que sus antepasados, con la misma introspección. En el recogimiento de un ritual que ni el paso de los años ni la evolución tecnológica habían podido derrumbar.

Él era un hombre de mediana edad que había edificado en su soledad una fortaleza, creando vínculos sofisticados y queriendo, en la templanza de sus horas, a sus compañeros eléctricos y artificiales. Para una vida virtual de espacios reducidos en la intensa realidad japonesa.

Así como a sus buenos vecinos de apartamento que siempre lo comprendían, Fujita brindaba a su mascota robot Aibo, verdadera atención, pues no es muy larga la duración de su batería. La atenta inteligencia artificial con la que Sony lo dotó al perrito, sin dudas era para disfrutar. 

No tiene hijos Fujita, sí una relación virtual amigable con una mujer de Nueva Zelanda, que va bien. Ya hacía dos años que mantenían conversación por webcam. Aunque, de todas maneras, Fujita se sentía muy feliz con su mascota robot; sus ojitos animados, su alegría y esa patita con la que lo recibía a su 
regreso de las compras. Aibo solía mover su graciosa cola y cuando se lo observaba a cierta distancia rascándose, era difícil no confundirlo con un perro real. 

La señora Ishikawa, una anciana muy educada de los apartamentos superiores, le regaló al perro robot, un hueso plástico que desprendía colores según como lo movían, con el cual la mascota interactuaba.

Por sobre todas las cosas, el maduro hombre y ejecutivo japonés, sentía una atracción particular a la que él denominaba como devoción amorosa, hacia su muñeca sexual de TPE.

Era una piper doll muy realista adquirida a través de Alibaba, blanca y delicada, de largos y naturales cabellos. Mirada dulce, boca carmesí pequeña y dedos tan finos y suaves que él solía posar sobre su propia mejilla cuando dormían.

Fujita tenía un guardarropa para ella, sin embargo su atención era más fetichista que sexual. Por las mañanas solía dedicarle tiempo al cepillado de su cabello y a vestirla con buen gusto. A veces ella y él concurrían a un bar que aceptaba de buen agrado a señores con sus muñecas de silicona, ya que eran
las tendencias en auge. Entonces, tomaban una copa, escuchaban música y, algún que otro caballero a la pasada solía mirarla y asentir con su cabeza en gesto de aprobación. Si ella tuviese alma se sentiría muy agraciada. Por cierto, su nombre es Amaya y significa lluvia nocturna.

La tarde que Fujita recibió el envió de Alibaba con tanta emoción, estaba nublado y por la noche una fina y delicada lluvia como los cabellos de una diosa mitológica, cayó por horas. De allí ese bello nombre para su adorada compañera de material elastómero termoplástico.

Segunda Parte